A boat has been launched / Se ha botado un barco

Durante los años que viví fuera de España tuve la oportunidad de aprender a navegar. Ocurrió en Holanda, con todas las vicisitudes que el aprendizaje de este deporte entraña en un país dónde el viento azota de forma incansable todos los días del año desde el oeste y noroeste, a veces acompañado de lluvia, a veces no. En cualquier caso, siempre es interesante lanzarse al mar (o a los múltiples lagos de ese país que ellos llaman “zee”) en esas condiciones meteorológicas y con diferentes grados de confianza en sí mismo (una de ellas me costó el paso por el quirófano que mencionaba en la entrada anterior en este blog).

Una vez aprendí, además del placer de salir a navegar en pequeños veleros o catamaranes, me enrolé como “marinero” en varias competiciones internacionales (Ariane’s Cup http://fr.wikipedia.org/wiki/Ariane’s_Cup) con un equipo ya experimentado, algunas en mares muy lejanos a ese gris Mar del Norte que mimetiza el cielo de Holanda, otras veces en la costa del Mediterráneo, y otras en las bravas aguas del Canal de la Mancha. En la primera de ellas experimenté la mayor sensación de libertad que había tenido hasta esa fecha, debió ser muy parecida a volar. Estábamos al abrigo de unas islas (Granadinas 🙂 ¡como yo! 🙂 , en las Antillas del Sur) y el continente americano (Centroamérica), pero en una decisión del “skipper” (capitán del barco) para ganar algunos minutos en la regata salimos de ese abrigo y nos encaramos con un Océano Atlántico bravo, casi negro en profundidad, que no albergaba tierra alguna al mirar al este y que mirando al oeste me decía que allí podría estar más segura (¡¡el ser humano necesita una referencia firme fuera de él, sin saber que la más firme está dentro de él!!) .

A pesar de la sensación de estar a merced de la Naturaleza que no tiene sentimientos privilegiados por el ser humano, pude vivir en lo más dentro de mí esa libertad cuya semilla había estado esperando a germinar durante años. Vivía un preludio a esa libertad en mi pequeño océano de cumbres de las estribaciones sur de Sierra Nevada, al conducir al amanecer o al anochecer de casa al mar y viceversa. Se me quedó desde las Antillas del Sur un soplo de libertad que se levanta como huracán muy a menudo.

Al volver a España dejé mis actividades náuticas, pero cuando tengo la oportunidad de ver un velero navegando, aún rememoro esas mismas sensaciones y tomo conciencia de que esa libertad que viví en alta mar se ha instalado en mí de forma perenne, no importa si estoy en 8 m^2 de mi oficina, o sintiendo el roce de una sábana cuando el viento frío entra por la ventana, o en la cumbre de un volcán que muestra las entrañas de la Tierra.

El barco que soy fue botado de alguna forma en el verano del ’99 y de otra forma más sólida hace unos meses… He alcanzado mi madurez en la singladura oceánica. Durante 8 años he navegado, no he cesado de surcar mares, todos con sus vientos, su oleaje, sus islotes, sus arrecifes, sus refugios, sus sanguinarios piratas (¡¡porque aún hoy hay piratas!!), sus amaneceres y sus atardeceres.

Peaceful launch of a boat

Yo rompí amarras, navego,

y me anclo cuando lo necesito.

Si tú estás rompiendo amarras,

navega hasta extenuarte,

y hazlo libremente.

Cuando necesites anclarte en costa,

hazlo libremente,

hazlo en aquélla que también te permita partir de nuevo,

bien con ella en tu memoria,

bien con un puñado de su tierra entre tus manos,

pero vete o quédate libremente también.

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~ by polluxcastor on September 11, 2007.

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