Awakening of the senses / El despertar de los sentidos

Me quedé una semana disfrutando en soledad de esa naturaleza salvaje que fatalmente me atrae. Alquilé un coche y empecé a recorrer un paisaje que me absorbía metro a metro, kilómetro a kilómetro. Los colores, los olores, los sonidos atoraban mis sentidos… la reacción intelectual y sensitiva del tacto de la lava volcánica A’a y Pahoehoe en mis descalzos pies y en mis ansiosas manos dejaba a mi mente hecha un bloque al borde de la explosión, de la implosión, del colapso eterno más placentero jamás soñado.

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Empecé a viajar, desde donde cogí el coche de alquiler, hacia el norte, entrando bien pronto en la mitad de la isla que es verde, frondosa, con grandes cascadas escondidas en un bosque tan cerrado que en su interior el día se convierte en noche con leves destellos de sol que se cuelan por el ramaje a modo de estrellas. Por la orografía de ese lugar y por estar en la vertiente más abrupta de la isla, dónde los vientos cálidos y húmedos del Pacífico son frenados por la montaña blanca (Mauna Kea) de 4200 m de altura, uno puede ver como se condensa el vapor de agua, forma nubes, se unen unas a otras y encapotan el cielo en un tono gris plomizo, descargando lágrimas de bienvenida lluvia en minutos. En esa transformación de la Naturaleza me encontré conduciendo por una carretera estrecha, con curvas tan cerradas que parecían terminar en el vacío, cuando de repente me vino un olor desconocido, pero atractivo como todo lo que hasta ese momento Hawai me había dado sin yo pedir. Al giro de una de esas curvas que te proyectan al vacío -al que con gusto hubiese caído-, me encontré con un montón de “pelotas” naranja en el suelo, el viento y la lluvia despiadadamente las había arrancado de su madre árbol y las había depositado en la carretera

¡¡¡Eran guayabas!!! Haciendo, probablemente una locura de niña, aparqué el coche en la curva, apartándome sólo unos centímetros del precipicio, me bajé de él para entrar en una lluvia muy similar al diluvio universal –supongo- y al mismo ritmo que cogía guayabas, iba comiendo.

Todos mis sentidos estaban erizados, el del gusto -cada vez que mordía una de ellas-, el del olfato -saturado de perfume-, el del tacto –me encanta tener en mis manos la fruta mojada-, el del oido -aplastado por una lluvia pesada como el plomo del plomizo cielo que la despedía-, el de la vista -entre tonos grises de cielo y lluvia, verdes oscuros de bosque cerrado y negro de lava, ¡¡había un rosario de guayabas vivas alrededor mío!!-

No recuerdo cuántas comí, muchas porque ese día no cené al llegar al Bread & Breakfast que me encontré en el camino, pero sí sembré el asiento de atrás de guayabas con la infantil esperanza de que echaran raíces y me acompañaran en mi viaje por cinco días más. No fue así 😦 , mas aún las sigo viendo sonrojadas saltando detrás de mí.

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~ by polluxcastor on February 2, 2007.

One Response to “Awakening of the senses / El despertar de los sentidos”

  1. Hola! Qué bueno, no sabía que tenía un espacio gemelo, otra alma receptiva y alegre por lo que veo, que se fascinan ante las maravillas que el entorno nos ofrece.

    No amar la vida sería un error!!! Es tanto lo que quisiéramos llevarnos de ella hacia la eternidad…

    Atento a tu blog entonces.
    salu2
    Juan Eduar2

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